En la imagen, Ibarretxe intentando mover Euskadi con la mente.
Permitid que os hable de mi pueblo.
Euskadi es una tierra de tradiciones arraigadas. Aquí los jóvenes salen en cuadrillas, grupos herméticos cuya estructura prácticamente impenetrable provoca que el sexo sea una costumbre excéntrica y minoritaria. Aquí las cosas no son buenas o malas; son vascas o de fuera. Aquí, si se empieza a matar, se sigue matando hasta la victoria o la extinción. Aquí, entre Patria y Muerte, nos quedamos con las dos cosas, y luego nos vamos de zuritos.
Ayer fue el Alderdi Eguna, que significa literalmente El Día del Partido. No es necesario aclarar qué partido, porque aquí es siempre uno y siempre el mismo: el nacionalista católico. Y ayer Juanjo Ibarretxe aprovechó los focos para hacerse su buena primera plana prometiendo que se presentaría de nuevo a las elecciones para Lehendakari de todos los vascos y vascas.
No hay que darle demasiado crédito a la noticia, porque el Lehendakari no suele cumplir sus promesas. No lo hizo, por ejemplo, cuando prometió que sólo plantearía su consulta en ausencia de violencia etarra.
Pero lo peor de Juanjo no es que mienta, ya que todos lo hacemos, y los políticos, además, cobran por ello. No, lo peor de Juanjo es que ha resultado ser un mal profesional. En apenas diez años, ha llevado al Partido a la mayor sangría de votos de su historia, con el riesgo de hacer realidad la peor pesadilla de los nacionalistas, esto es, que un señor apellidado López se convierta en el primer Lehendakari españolista. ¡Un López, vamos, hombre, no me jodas!
Si los socialistas ganan en Euskadi, los medios de comunicación nacionales, en su habitual afán reduccionista de la realidad, exaltarán el triunfo del constitucionalismo en Vascongadas y gritarán que el nacionalismo vasco nunca ha estado tan débil. Pero será una verdad a medias, que es lo mismo que una mentira. Euskadi no es menos nacionalista hoy que hace diez años, más bien al contrario. Lo que pasa en Euskadi es que, por mucho que no follemos, por muy cobardes que seamos y por muy autista que sea nuestra estructura social, tenemos muy poca paciencia con los incompetentes.
Hace unas semanas varios presos de ETA enviaron una carta a la banda reclamando el abandono de la estrategia violenta. Pero no alegaban razones humanitarias ni éticas ni morales. El motivo de su petición era, en palabras de la propia carta, que “no se puede hacer una lucha armada a base de comunicados y de proferir amenazas que luego no se cumplen. No se puede desarrollar una lucha armada cuando se es tan vulnerable a la represión." Es decir, que no vale la pena ser terrorista si no puedes ser un buen terrorista.
Esto mismo es lo que le pasa al Partido Nacionalista Vasco, y es la razón por la que muchos ciudadanos que hablan euskera en su casa están dispuestos a probar suerte con un López. Parece mentira que no te des cuenta, Juanjo. Que no es porque seas nacionalista, hombre. Es porque no eres serio. Y en Euskadi, ya lo sabes, eso es lo único que no se perdona.
















