26 de julio de 2011

Amazings Bilbao


La divulgación científica y los hosteleros bilbaínos están de enhorabuena. Los días 23 y 24 de septiembre (viernes y sábado) tendrá lugar el primer gran encuentro Amazings. Dos días organizados por los responsables de Amazings.es y la Cátedra de Cultura Científica de la Universidad del País Vasco capitaneada por Juan Ignacio Pérez.

Más de treinta divulgadores científicos dispondrán de diez minutos cada uno para exponer una idea. El objetivo: demostrar que la ciencia puede ser entretenida y que el rigor no está reñido con la resaca.

Dentro del Amazings Bilbao 2011, también tendrá lugar la presentación de Escépticos, que se estrenará días después en ETB 2 (y en internet, sí).


Todos los actos se desarrollarán en el Paraninfo de la Universidad del País Vasco, ubicado a orillas de la ría, a cinco minutos del Guggenheim Bilbao y del Museo de Bellas Artes. La entrada será gratuita.

El evento cuenta, además, con el apoyo de la Fundación Biofísica Bizkaia, Euskampus y Euskaltel. Todas las ponencias serán retransmitidas en streaming por eitb.com.

Si te gusta la divulgación y la buena comida, quizá sea la oportunidad perfecta para pasarte un par de días por Bilbao.

Nos vemos allí.

21 de julio de 2011

Camps y la banalidad del mal


Cuando hace dos años y medio estalló el escándalo de los trajes pensé que aquel hombrecillo gris y amanerado se parecía mucho a Adolf Eichmann, personaje por el que tengo una particular fijación. Eichmann, un tipo fascinante, fue teniente coronel de las SS y era el responsable de la logística que llevó a millones de judíos a los campos de concentración.

Y fue también el eje y la inspiración de uno de los –para mí– más grandes ensayos del siglo pasado: “Eichmann en Jerusalén: un estudio sobre la banalidad del mal” de Hannah Arendt. En él, la filósofa realiza una detalladísima crónica del juicio al que Eichmann fue sometido en la capital de Israel en 1961, tratando de comprender qué lleva a un hombre a formar parte de un horror semejante.

En el juicio, el alemán admitió ser el responsable de la logística ferroviaria que hizo posible la Solución Final, pero se negó a asumir responsabilidad ética alguna. Él, insistió frecuentemente, solo hizo el trabajo que le habían encomendado, y lo hizo lo mejor que pudo. Se declaró un hombre concienzudo y laborioso que tan solo obedecía órdenes. Incluso mencionó los halagos que sus jefes (como Himmler) vertieron sobre su trabajo. Si sus hechos fueron moralmente reprobables o no, dijo, solo podía dilucidarlo Dios; en ningún caso un tribunal humano.

En el ensayo, Arendt sostiene que Eichmann jamás se planteó que sus acciones eran terribles porque, en aquel contexto, no lo eran. Aquello estaba bien. Era lo que había que hacer, lo que todo el mundo hacía. Era su trabajo, y él lo llevó a cabo –en esto insistió mucho durante la vista– con extrema diligencia.

En base a lo que vio y escuchó en el juicio, Arendt llegó a la conclusión de que la mayor parte de la gente obraría igual en una situación semejante. A ese fenómeno, a esa capacidad individual para prescindir de la moral cuando la sociedad prescinde de ella la llamó “banalidad del mal”. En otras palabras: todos somos capaces de las más crueles acciones si el contexto nos abriga.

Este concepto fue –es­– enormemente polémico, ya que implica que la mayor parte de quienes colaboraron en la Solución Final no eran monstruos. No más que tú o yo. El monstruo era la sociedad.

Hoy he visto a Camps dimitir en diferido porque, en un faraónico gesto de desprecio a la libertad de prensa, ha impedido que los medios retransmitieran su comparecencia en directo. Y mientras le miraba, de nuevo, me he acordado de Eichmann –el paso de los años les asemeja cada vez más–.

Camps, eso me ha parecido, estaba confundido y rabioso. No entendía por qué su partido, al que tanto ha dado, le desprecia ahora. Después de todo, él sólo obedecía órdenes. Siempre hizo lo que le pidieron lo mejor que pudo. Con extrema diligencia.

Las últimas palabras de Adolf Eichmann antes de morir fueron:

“Tuve que obedecer las reglas de la guerra y las de mi bandera. Estoy listo”.

Las de Camps han sido:

“Toda mi vida, en mi corazón, anidará la idea de que el trabajo fue honorable y que el esfuerzo fue muy honorable. Muchas gracias".

Camps está convencido de que es inocente, y poco importa lo que determine un tribunal. Ante sus propios ojos, jamás será culpable de nada.

El monstruo es la sociedad.

10 de julio de 2011

¡Necesita!

Las piezas del Mac donde escribo esto acabarán en Ghana, país-vertedero de la informática occidental. Cuando Apple decida que el ciclo de vida de este ordenador está agotado, lanzará al mercado otro 10 o 20 veces más potente y bonito, a un precio escandalosamente asumible para mí. Yo regalaré mi actual ordenador a algún colega o familiar que lo necesite y me compraré el nuevo, y seguiré escribiendo panfletos que colgaré en este blog, propiedad de Blogger, filial de Google, empresa con unos activos de 40.497 millones de dólares.

Google, con sede central en California, no tiene ni idea de lo que escribo ni le importa. Pero le parece bien que lo haga, dado que pago una cuota anual para que este blog se llame www.mimesacojea.com y para que yo no tenga que preocuparme de nada. No sé de informática, no es un problema, Google se encarga de todo por unos pocos dólares al mes que reinvierte en productos financieros que nadie en el planeta conoce más que un puñado de licenciados en Harvard o Stanford que ni siquiera son empleados de la empresa informática.

Esto no es algo exclusivo de Google, por supuesto. ¿Quién demonios sabe dónde va a parar el dinero de Banco Santander o Inditex? Hace tres meses se filtró que BBVA invierte parte de su dinero en la producción de armas nucleares, bombas de racimo y armas de uranio empobrecido. A casi nadie le importó. De hecho, casi nadie se enteró porque nuestros medios de comunicación como El País, El Mundo, ABC, Público y las grandes cadenas de televisión simplemente no lo dijeron. Y no lo dijeron, claro, porque BBVA es uno de sus principales anunciantes.

Me empieza a doler la cabeza, así que me tomo un Neobrufen. Podría comprar ibuprofeno genérico, cierto, pero solo con decir ese nombre, Neobrufen, se pone en marcha el efecto placebo. La dopamina embriaga mi cerebro nada más ver esa cajita tan limpia y blanca. ¡Qué gran trabajo de diseño, qué delicia de packaging!

Pero entonces, en cuanto me trago la pastilla, recuerdo que la industria farmacéutica es El Mal. Que no se preocupa por las enfermedades raras ni por el Tercer Mundo. Que la industria farmacéutica actúa exactamente igual que todas las demás industrias. Así que regurgito el antiinflamatorio como sólo una persona con conciencia social lo regurgitaría.

Se supone que soy progresista, joder –digo para mis adentros-, así que me dejo llevar por los mantras new-age y me paso a la homeopatía. Pensad lo que queráis, pero, de tan convencido que engullo la pastillita, me sirve igualmente como placebo. Ocurre que empiezo a investigar en internet y descubro que la marca de mi remedio homeopático, Boiron, es también una multinacional. Una bastante grande, además, con presencia en 59 países. Y descubro también que, al contrario que la malvada industria farmacéutica, la mayor parte de su inversión en I+D+i se destina a diseño y empaquetamiento de producto. Boiron destina más porcentaje de su presupuesto al diseño de producto que Apple.

Necesito destensar, así que enciendo mi Bravia, marca registrada de Sony, empresa con unos ingresos anuales que superan los 88.000 millones de dólares.

Allí, dentro de mi Bravia, un grupo de indignados impide un desahucio en no sé dónde. En segundo término, justo detrás de la indignación y la policía, una valla publicitaria de El Corte Inglés. Gracias a ella descubro que ya es verano, así que dejo atrás la exposición de Ikea a la que llamo hogar y me echo a la calle.

Qué bonita es la ciudad, cómo se mueven los coches, qué excitantes las modelos retocadas en marquesinas, con esas tipografías que parecen follarte en cada trazo. Qué preciosidad las terrazas y las parejas enamoradas y los niños en los parques públicos. Tenemos que salvar los bancos para mantener todo esto así de bonito. Tenemos que seguir consumiendo para que el mundo siga siendo tan brillante y perfecto.

Haz de tripas corazón y convéncete de que necesitas otro ordenador, otro pantalón, necesitas que la regla no duela, una pastilla para dormir y otra para despertarte, un teléfono que saque fotos y una cámara que mande mensajes, necesitas ese pitido al aparcar. Necesitas que tu hijo no tenga que necesitar nada. Necesitamos seguir necesitando o volveremos a las cavernas.

Vaya, me sigue doliendo la cabeza. Quizá pruebe con flores de Bach.