Cada cual, Sancho, es hijo de sus obras.
Algunas personas tienen la mala costumbre de repetir con insistencia una mentira para ver si, de algún modo y con el tiempo, ésta se acaba volviendo verdad. Los psiquiatras llaman a eso negación psicótica. El resto de los mortales lo llamamos política.
Vimos síntomas muy evidentes de este trastorno en Zapatero. El más memorable episodio de negación psicótica tuvo lugar cuando, con la crisis ya derribando las puertas del país, el entonces presidente decidió que aquello era una “desaceleración transitoria”. La oposición y los medios de comunicación (que no eran de Roures) le desdijeron. Pero, como en el chiste, Zapatero resolvió que todo el mundo iba en dirección contraria… menos él. Y cuando la burbuja inmobiliaria reventó, nos explicó que aquello era, cito, “una desaceleración transitoria ahora más intensa”.
Lo peor de la negación psicótica es que, si uno pasa mucho tiempo con el paciente, se acaba contagiando. Lo vimos con el gabinete de Zapatero, que, todos a una, empezaron a ver brotes verdes donde los demás solo veíamos musgo.
Al actual presidente del Gobierno, el trastorno le ha sobrevenido inusualmente pronto y con inusual virulencia. Rajoy llegó a la Moncloa prometiendo verdad y previsibilidad. Lo que no prometió fue cordura. Y ahí nos pilló.
Ni Rajoy ni su gabinete ven rescate en el rescate. The Guardian, New York Times, Washington Post, Francia, Alemania, Estados Unidos, todo el mundo circula en dirección contraria menos Rajoy y el Gobierno de España. Todo el mundo ha perdido la perspectiva menos ellos, los únicos cuerdos del manicomio.
Al menos, y por esto debemos felicitarnos, han conservado la cordura suficiente como para no tratar de imponer su locura a los medios extranjeros. Aznar no puede decir lo mismo. El 11 de marzo de 2004, el Gobierno de España quiso convencer a todo el mundo de que los atentados de Madrid eran obra de ETA. La negación se mezcló con la histeria, y a los inquilinos de Moncloa no se le ocurrió otra cosa que telefonear a los corresponsales de los medios internacionales para transmitirles LA verdad. Aquel intento de manipulación fue denunciado públicamente por el Círculo de Corresponsales Extranjeros, The Washington Post y Libération. (Quizá por eso, un par de años después, Rupert Murdoch contrató a Aznar como consejero de News Corporation… o, mejor dicho, como correveidile.)
El actual presidente del Gobierno presenció (tomó parte) en aquel bochornoso incidente, de modo que no va a repetir ese error. Su opción es mucho más elegante: obviar al resto del mundo. Que se vayan al infierno.
Rajoy empieza a tener ya esa expresión de profundo desconcierto, esos ojos de incipiente demencia que recuerdan al Zapatero de los últimos meses. En sus escasas comparecencias, mira a la prensa con el ceño fruncido, pero no es enfado, es otra cosa. Extrañeza, quizá. Alucine. No puede entender que todos veamos molinos en los gigantes ni cueros de vino en los malandrines.
Esperemos, por el bien común, que el presidente recupere la cordura lo antes posible -improbable- o, en su defecto, se retire a un largo reposo. Ya tiene barba blanca y triste la figura. Solo le resta ponerse un orinal en la cabeza y partir así a Bruselas. A desfacer agravios.