El cava es un vino espumoso que se produce fundamentalmente en la región catalana del Penedés. Es una especie de champagne low cost muy popular en España. Con su brindis se desea próspero año nuevo y siempre está presente en celebraciones, banquetes y cada vez que una administración de lotería hace súbitamente millonario a quien menos se lo esperaba.
Desde 1977, Freixenet, una popular marca de cava, señala el inicio de la Navidad en lo que a programación televisiva se refiere. Lo hace con un spot siempre distinto pero siempre parecido que, con los años, ha terminado por convertirse en un elemento más de la cultura popular española. Por él ha pasado Liza Minelli, Gene Kelly, Paul Newman o Sharon Stone, todos brindando por el año nuevo en un castellano más o menos perfecto.
Un buen ejemplo de su relevancia cultural tuvo lugar en 2009, cuando la empresa de cava anunció que, debido a la crisis que atravesaba el país, esas navidades se repondría el spot del año anterior. Era la primera vez que ocurría en 32 años. Poco importa si el departamento de marketing tomó aquella decisión por apuros financieros o por una estrategia milimétricamente diseñada; el hecho es que nunca de habló tanto del anuncio de Freixenet como el año en que no hubo anuncio de Freixenet.
En 2004, cuando Lehman Brothers aún era una entidad financiera de la máxima confianza y España una gráfica ascendente sin final previsto, un político catalán puso en un brete a la industria del cava. Lo hizo sin querer, por supuesto, fruto de esa costumbre tan española, tan humana y tan política de soltar estupideces sin medir los posibles resultados. El político era Josep-Lluís Carod-Rovira, filólogo y entonces presidente del partido independentista catalán Esquerra Republicana de Catalunya. Las palabras de la polémica fueron: “sería incomprensible que desde Cataluña se apoyara Madrid 2012”. Se refería a la candidatura olímpica de la capital española, un proyecto en el que se había invertido mucho tiempo y dinero.
El entrecomillado de Carod-Rovira no daba mucho margen a la interpretación, y alguien decidió responder a la ofensa con una similar falta de sutileza. Apenas un día después de que se produjeran las explosivas declaraciones, empezaron a circular varios mensajes de texto de origen incierto. Lo hicieron fundamentalmente por teléfonos de periodistas. “Si Carod quiere boicot, boicot habrá", decía uno de los SMS. Y remataba: "Ni una gota de cava catalán en Navidad”. Casi inmediatamente, los medios de comunicación se hicieron eco de aquellos mensajes, convirtiendo la anécdota en una crisis nacional.
Si uno fuese maliciosamente estricto, podría llegar a decir que el boicot al cava catalán fue un monstruo creado y alimentado por los propios medios de comunicación. Cuestión de opiniones. Pero el hecho cierto es que, tras la publicación de aquellos mensajes, algunos productores de cava denunciaron que sus pedidos habían descendido con respecto a años anteriores. Ocurre que el capitalismo no entiende fronteras. Y, a la larga, aquella crisis acabó afectando a algunas empresas no catalanas implicadas en la producción y comercialización del cava, como los proveedores extremeños de corchos y los vidrieros de Zaragoza.
El vodevil dio para horas de radio y televisión, lógicamente muy poco enriquecedoras, en las que contertulios de todo pelaje se ganaban el cheque opinando si cava sí o cava no. La derecha más oscurantista y cavernaria se aferró a la polémica como un perro de presa a un conejillo idiota y emponzoñó todavía más el debate con sus habituales España una, España grande y España, sobre todo, española.
Vete tú a saber cómo durmió Carod-Rovira aquellos días. Seguramente, no muy bien. Las peticiones de rectificación y cuerpo a tierra le llegaban no solo desde Madrid, sino también desde la propia Cataluña. Joan Raventós, diputado de CiU (el principal partido nacionalista catalán entonces y ahora), aporto un haiku a la polémica comparando las palabras del político independentista con el “granizo que daña la cosecha”.
Así las cosas, Carod-Rovira tenía dos opciones: confesar que todo había sido un desafortunado error o abandonar la política y montar un quiosco. Optó por lo más rentable. Con los dientes ostensiblemente apretados tras el bigote, compareció ante la prensa y deseó mucha suerte a la candidatura olímpica de Madrid.
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