24 de abril de 2014

Control ideológico en la prensa (eldiario.es)


Como el periodismo está fatal, los medios tienen que buscarse las habichuelas con fórmulas más o menos creativas. Lo de regalar Pretty Woman los domingos ya no cuela, seguramente porque el español medio tiene tantas copias de Pretty Woman en casa que puede usarlas como posavasos.

La apuesta de este periódico ya la conocen: por unos eurillos, el suscriptor puede leer las noticias un pelín antes que el resto de los mortales. Otros medios optan por malvivir de la publicidad o por los muros de pago, que, como su nombre indica, son unas estructuras defensivas erigidas para protegerse del enemigo exterior.

También hay medios que, de pura desesperación, están llevando la profesión periodística un poco más allá. Son, digámoslo así, los nuevos pioneros.
Sigue en eldiario.es.

23 de abril de 2014

Los niños raros

Los 80. Foto de familia.


Me cuenta un viejo amigo que en dos semanas se va a celebrar una comida de antiguos compañeros del colegio. Adjunta lista por Whatsapp. Los del 79, se titula, que es el año en que nacimos casi todos. Solo varones, porque aquel colegio nuestro abogaba por la segregación genital y por pedir perdón al papá de Jesús una vez por semana.

Mi viejo amigo, que estudió ingeniería y ahora es profesor de yoga (qué cosas tiene la vida a veces), me dice que será divertido comparar los distintos niveles de degradación física de cada uno de nosotros. No lo dice así, claro, pero lo dice. Y no me parece mala idea, sobre todo porque yo tengo pelo y estoy, por tanto, en una posición privilegiada de cara a la comparación capilar.

Es entonces, mientras pondero si acudir o no al condumio generacional, cuando me topo con una cita del polifacético John Waters que Jot Down cuelga en Twitter. Dice así:



Como la mente humana es un gran misterio, mis neuronas chisporrotean enlazando la comida y la cita de Waters. Y recuerdo que, en el colegio y en el instituto, los libros, en efecto, molaban nada. Aquellos objetos eran, de hecho, cosa de maricas. De empollones y marginados. De niños raros.

Yo fui un niño raro. Afortunadamente, no era el único en el colegio; seríamos unos diez (entre miles), y el instinto de supervivencia nos juntaba en los recreos. Allí cada cual tenía su trauma. Recuerdo con especial cariño a un chaval, hijo de una prostituta y un cliente desconocido, que se ponía como loco cuando alguien le llamaba hijoputa. Hay gente que, ya de partida, lo tiene difícil de cojones.

No era nada fácil ser un niño raro en una ciudad industrial de provincias. Los padres sin mucha cultura, que en mi contexto eran casi todos, te miraban con una cierta extrañeza, como si un libro fuese un tutú o un urogallo. Como si leer fuese una depravación que no augurase nada bueno. Como si la cultura fuese contra la infancia o contra la felicidad.

No pasa una navidad sin que mi madre recuerde que una psicóloga del colegio la llamó para hacerle saber que su hijo era un bicho raro. Que hablaba poco, casi siempre consigo mismo, y que miraba los balones con una mezcla de pánico y asco. Que no era el único, por supuesto, pero no por ello dejaba de ser preocupante.

Hoy, algunos de mis amigos son profesores o padres o ambas cosas. Lo curioso del asunto es que, aunque casi todos tienen más cultura que sus progenitores, el miedo a los niños raros permanece. Muchos se acojonan cuando les sale un hijo introspectivo o empollón. Colapsan al descubrir que la criatura no les juega al fútbol o que, a pesar de ser varón, insiste en llevar las uñas pintadas de colorines. No entienden en qué coño piensan cuando se sientan ahí a dibujar durante horas, disfrutando en silencio.

No se enteran esos nuevos padres de que lo realmente triste es que te salga uno de esos aburridísimos niños normales. Porque no hay nada más bonito que la rareza. Los raros lo sabemos bien.

Feliz día del libro.

22 de abril de 2014

Espagne

Aspecto que tendría una tasca cualquiera de Albacete de haber triunfado los planes de Napoleón Bonaparte

Hay dos tipos de españoles, los patriotas y los que tenemos sentido común. Los primeros no merecen mayor comentario; bastante tienen con lo que tienen. Los interesantes son los segundos, esos que tiran como pueden con la desgracia de tener una nacionalidad tan chapucera.

En esta última y lamentable categoría se engloban los nacionalistas periféricos, tan de moda últimamente, los perroflautas, los existencialistas y los nacionalistas desubicados, grupo este último al que orgullosamente pertenezco.

En mi caso, hace ya varios años que decidí reivindicar las virtudes sin parangón de la república francesa, haciendo caso omiso a sus numerosos defectos. Todo en Francia me enamora: su cinema, su chanson, su cuisine, su himno nacional, cantado como se canta en Casablanca, y esa mirada de profundo asco con que miran los parisinos. Me gusta hasta lo bien que les arden los coches en los suburbios.

El nacionalismo desubicado, además de ser una opción política más bien minoritaria, es un estupendo mecanismo de defensa. Son muchas las ocasiones en que, mirando la última noticia de tal o cual corrupto, me digo en alto: "esto en Francia no nos pasa". Aunque pase y aunque yo no sea francés; eso es lo de menos. Lo importante, como el lector sin duda habrá entendido, es el chauvinismo.

Entre quienes deseamos pertenecer a otro Estado, exista éste o no, hay disensión sobre el momento en que España dejó de ser una patria digna de orgullo. Los paracaidistas, esos que no quieren ser españoles solo porque ahora no tienen trabajo, culpan a Zapatero o a Aznar o a los padres de la Transición como mucho. Los hay que culpan a Franco, o a los reyes católicos, o a los moros, o a Colón. Hay también quien opina que ya en las cuevas de Atapuerca algo se jodió irremediablemente y no hemos levantado cabeza desde entonces.

Tonterías.

España se fue por el barranco el día en que Napoleón soltó aquello de: "pues nada, oye, que os den por el culo". Aquel día perdimos lo que un político contemporáneo, tirando de lugar común, llamaría Una Oportunidad Histórica. 

Cada vez que florece un nuevo presunto, cada vez que se nacionaliza algo que otro mangante privatizó o que algún presidente democráticamente electo no entiende su propia letra, me cago en el puñado de catetos que venció a las tropas napoleónicas. Entiendo, por supuesto, la humillación de que le invadan el país a uno, pero peor es la humillación de que ni invadirte quieran. Y en ésas estamos.

A veces, cuando veo que el Telediario cierra con un mono en patinete para no hablar de las manifestaciones, me imagino cómo sería esa Espagne que casi fue. Me imagino a mujeres con cuellos larguísimos diciendo bonjour y merci y vendiendo el New York Herald Tribune por las calles. Me imagino a señoras de setenta años que saben quién es Camus llamando Cagfug al Carrefour y a políticos con trajes que les quedan bien de manga.

Habrá quien me diga que Francia no es así. Y no lo es, claro. Pero España, mucho menos.

17 de abril de 2014

Por un nacionalismo lánguido

Fuente: Wikipedia

La política, como el porno y el genocidio, no es oficio para gente discreta. Uno tiene que tener el arrojo suficiente para subirse a un escenario y ponerse a soltar frases a veces inteligentes, generalmente estúpidas. Enfrente, mirándolo a uno, una manada de seres humanos armados con banderines de plástico, la dantesca contribución de la mercadotecnia a la ya de por sí lamentable historia de las banderas.

El político de raza, ése que aspira a salir en el telediario, se pega mucho al micro y acaba los párrafos en alto porque sabe, así lo tiene escrito, que APLAUSO. En ese preciso momento, los jubilados de abajo y el negro de detrás aplaudirán y armarán alboroto, exactamente igual que haría el público de El Hormiguero, con exactamente el mismo convencimiento.

De todas las tendencias políticas, la menos apta para los tímidos o blandos de carácter es el nacionalismo. Porque el nacionalismo es grandilocuente o no es. Da igual que sea español, vasco, catalán o escocés, siempre se fundamenta en estar, haber estado o estar a punto de estar en un Proceso Histórico. Con mayúsculas.

De ahí su necesidad de grandes hitos, presentes o pasados, que justifiquen tanta hipérbole. Hitos que no deben ser necesariamente reales, ni tan siquiera verosímiles. Basta con tomar un acontecimiento y deformarlo hasta que alcance la intensidad épica deseada. Porque la Historia la escribirán los vencedores, pero, a la hora de la verdad, lo que la gente compra es el de Belén Esteban.

España tiene su Imperio Matasudacas, a El Cid, que cabalgó después de muerto, y a Aznar, que hace diez mil flexiones a la hora. El pueblo vasco tiene un ADN diferencial que le conecta con el espíritu primigenio de Gaia y la lengua más antigua de Europa o quizás del planeta. Y Cataluña tiene su once de septiembre, su Macià y su Jaume Roures, de quien no se descarta que siga quebrando empresas después de muerto.

¿Pero sería posible un nacionalismo lánguido, liderado por un tipo indolente, cenizo y gris? Un hombre con dificultades de dicción y problemas cutáneos, con eczemas en media cara, con un ojo vago y el otro desviado. El tristísimo representante supremo de un nacionalismo descorazonado, anémico, flojo, sin proyecto o con uno indolente, que si sale, bien y, si no, también.

Un partido nacionalista que no celebrase mítines porque, total, para qué. Donde sus representantes diesen los discursos en voz tan baja que los técnicos de sonido tuviesen que doblarlos luego. Donde nadie dijese nunca ola imparable ni Proceso Histórico.

Sería un fenómeno completamente nuevo y, por ello, quizá exitoso. A lo mejor, de producirse en una pequeña región sin Estado, ésta conseguiría la independencia de pura dejadez. No lo celebrarían, por supuesto, porque el recuento se cerraría el lunes y dónde vas tú a celebrar algo un lunes.

-Oye, que ya somos un Estado.

-Calla, que tengo el Outlook que no me arranca, ¿tú sabes por qué puede ser?

Millones de personas unidas en la voluntad común de la total indiferencia hacia la Historia. Sin algaradas. Sin grandilocuencia. Un país con el objetivo común de tirar un poco más, no mucho, hasta mañana o ni eso. Y, si no, pues nada, oye. Tampoco vamos a hacer un drama por esto.

14 de abril de 2014

Anomalías cuánticas, Mariló Montero y la Guardia Civil

Foto: rtve.es

Las anomalías cuánticas están infravaloradas. La prueba de ello es que nadie las menciona como una causa factible de los sucesos ordinarios. Salvo Iker Jiménez. Es el único que las tiene en cuenta. Hace unas semanas, sin ir más lejos, las mencionó como una posible (aunque improbable) explicación de la desaparición del vuelo MH370.

Pero Iker es la excepción. En general, los periodistas se aferran al terreno de la lógica, de lo plausible, aunque esa actitud no les sirva en absoluto para comprender la realidad. Ya no.

Lo del avión desaparecido es raro, sí, pero no es lo más raro que hemos leído últimamente. Hace un mes nos enterábamos de que la Guardia Civil pagó las dietas a varios agentes que se fueron de excursión a Lourdes. O sea, que se las pagamos nosotros. Y ni siquiera nos han explicado el motivo o motivos de la peregrinación: cojera, conjuntivitis, infección de orina… En esos cuarteles uno puede pillar cualquier cosa, supongo. Bien pensado, quizá sea mejor mantenerlo en secreto. 

Que la benemérita se marche a Francia en busca de milagros, estaremos de acuerdo, no dice nada bueno de nuestra sanidad pública. Y es muy feo, además, que no tuvieran el detalle de pedir el milagro en la patria que han jurado defender. Por vírgenes no será, no hay más que asomarse estos días a la ventana.

Claro que hay formas peores de gastar el dinero público. En Mariló Montero, por ejemplo. La gran diva de las mañanas sigue empeñada en convertirse en el icono del fracaso educativo español. Si no le retiran el programa pronto, el próximo informe PISA acabará llevando su cara en portada. 

Tras echar por tierra toda la cultura occidental desde la Revolución Francesa al sugerir que uno puede perder el alma durante un transplante, Montero ha redoblado su apuesta por el absurdo demandando a El Mundo Today porque, dice, la ridiculizan. Esto, en sí mismo, podría ser un titular de El Mundo Today, pero no, es de El País. Está todo muy confuso últimamente.

Menos mal que en España la división de poderes funciona divinamente: están los que lo tienen y los que no. Así las cosas y visto lo visto, a nadie le extrañará si Montero gana el juicio contra los humoristas y Gallardón tiene que indultarlos luego (suponiendo que se pueda indultar a alguien que no haya matado ni estafado).

Pero el gran trofeo de la paranormalidad nacional no se lo lleva Montero, a pesar de sus denodados esfuerzos, sino Jorge Fernández, ministro de interiores. Como buen representante de un Estado aconfesional, Fernández ha resuelto entregar la Medalla de Oro al Mérito Policial a una cofradía llamada Nuestra Señora María Santísima del Amor, un nombre que, de puro hiperbólico, le hace a uno sospechar si no serán ateos camuflados.

Al repasar la hoja de servicios de la cofradía en cuestión, queda bastante claro que no estamos ante la Patrulla X precisamente. No han detenido jamás a un criminal ni han desarticulado banda de narcotraficantes alguna. Sus méritos, según el Ministerio, son "la dedicación, el desvelo, la solidaridad y el sacrificio". Si eso no merece una Medalla de Oro al Mérito Policial que baje Dios (o Nuestra Señora María Santísima, por alusiones) y lo vea.

Y a pesar de que nuestro dinero público financia viajes a Lourdes y vivas a la Virgen, a pesar de que Mariló Montero sigue desafiando a Darwin cada mañana y a pesar de que un avión desaparece sin dejar rastro en pleno siglo XXI, nadie, pero nadie se atreve a sugerir que todo esto puede deberse a una anomalía cuántica. Qué solos estamos, Iker.

13 de abril de 2014

Ocho apellidos de Euskal Herria

Fuente: eldiario.es
Pocas veces una película me ha proporcionado tantas horas de diversión como "8 apellidos vascos". Y eso que no la he visto todavía, pero muy bueno tiene que ser ese guión para superar el talento cómico de algunos de sus detractores.
No me refiero a las críticas cinematográficas, muy previsibles siempre, sino a las otras. Las que cargan contra la película de Emilio Martínez-Lázaro desde un punto de vista político y ético. No es nada fácil que a uno le suelten sopapos de mano abierta desde las dos cavernas, la rojigualda y la abertzale. Y menos por una comedia romántica. Para que luego digan que el cine español es previsible y aburrido.

El artículo completo, en eldiario.es.

Nim, el chimpancé que habló

Foto: CienciaXplora

En la década de los 70, la lingüística era un campo prometedor. Había una gran expectación en torno a esta disciplina, algo similar a lo que ocurre ahora con las neurociencias. Había debates. Uno de ellos, quizá el más apasionante, era el que se preguntaba si el lenguaje era una característica exclusivamente humana.

Chomsky no tenía ninguna duda al respecto: ciertamente lo era. Ningún animal había demostrado jamás tener capacidad de lenguaje, entendido éste como una estructura de símbolos capaz de comunicar algo. Otros lingüistas disentían de esta idea. Unos de ellos fue Herbert Terrace, profesor en el departamento de psicología en la Universidad de Columbia y experto en cognición animal. Terrace estaba convencido de que, si un chimpancé se educaba en un entorno humano, exactamente igual que un niño, podría aprender un lenguaje. Y decidió demostrarlo.

El artículo completo, en CienciaXplora.

7 de abril de 2014

¿Tienen sentido del humor los animales?

Una vez pregunté a un biólogo y divulgador si los animales (entiéndase los demás animales) tienen sentido del humor. Dudó un poco y luego admitió no tener la menor idea. Lo que sí sabía, porque había escrito al respecto, es que los animales se ríen, al menos los grandes simios, y que la risa sirve para aliviar el dolor.

La duda se me quedó ahí incrustada. ¿Se imagina a un chimpancé haciendo el payaso con el único objeto de que otro chimpancé se ría? No me parecía totalmente descabellado.

Esta semana el tema me volvió a la mente por un artículo publicado en la webSlate. Lo escriben a cuatro manos Peter McGraw, que dirige el Laboratorio de Investigación del Humor de la Universidad de Colorado (sí, la Universidad de Colorado tiene un Laboratorio del Humor) y el escritor de comedia Joel Warner.


El artículo completo, en El Confidencial.

4 de abril de 2014

Fragmentos del libro de Pilar Urbano


Mi Mesa Cojea te presenta, en exclusiva, varios fragmentos del libro de Pilar Urbano: “La desmemoria española: Suárez, el Rey y los demás”:

"Suárez y el rey departían una vez por semana en un club de striptease de la calle Gato llamado El Jot. Entraban por la puerta trasera y se encontraban en un reservado donde disponían de todas las comodidades propias de los lupanares con clase de la época. Testigos de aquellas reuniones aseguran que los primeros borradores de la Constitución de 1978 se redactaron en aquel reservado, siendo la encargada de la transcripción una simpática cubana que respondía al nombre de La Guayabita, y que más tarde obtendría el título de marquesa".

"El rey decidió no llamar a ninguna mujer para la redacción de la Constitución por miedo a que quisiera introducir una trama romántica. Juan Carlos tampoco tenía claro la conveniencia de invitar a vascos y catalanes, pero finalmente se les permitió incluir un artículo a cada región a cambio de una cesta de productos típicos que el monarca disfrutó en exclusiva".

"Se diseñaron más de veinte planes para acabar con la vida de Suárez, algunos de los cuales provenían directamente de los despachos de la CIA. El más sofisticado, propuesto por un joven funcionario de Washington, consistía en colocar una cámara de cine ante Suárez que le grabaría ininterrumpidamente hasta que éste  falleciese víctima de su propio engolamiento".

"Felipe González se imaginaba como el presidente del nuevo régimen, cualquiera que fuese. A veces se le veía en el baño del Congreso, ensayando discursos con un peine a modo de micrófono. Fuentes del PSOE de aquella época aseguran que incluso se compró una cabra para ganarse las simpatías de la Legión. El animal, según parece, acabó formando parte del banquete con el que se celebró la victoria socialista de 1982".

"Hoy todos los historiadores están de acuerdo en que el fallido golpe de Estado del 23-F se pudo haber evitado con una mejor gestión de la inteligencia emocional por parte del Gobierno. Se sabe que existía una enorme frustración entre los altos mandos militares que pedía a gritos una serie de dinámicas para aumentar la confianza. Es cierto que Suárez intentó llevarse a toda la cúpula militar a unas convivencias de fin de semana a los Monegros con el fin de fortalecer las relaciones, pero el miedo a ser contagiados por el virus homosexual, muy de moda entonces, hizo que esta iniciativa fracasara".